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  • Fredi Arreola

La Trinidad y la Misión | Contemplando la Trinidad


Tuve la bendición de ser seleccionado con otros para ser parte del equipo de traductores de la Iglesia del Nazareno. Nos reunieron en Kansas City para una semana de entrenamiento. Disfruté la enseñanza, el compañerismo y la participación. Al final de la semana nos dijeron que teníamos que “desquitar” lo que recibimos. Al pastor Giovanni Monterroso y a su servidor nos dieron un papel para traducir. De inmediato hice mi primer intento. El pastor Monterroso hizo la edición y listo. Pero fue lo que teníamos en las manos que me impactó. Eran los “Valores de la Iglesia del Nazareno”.

Allí aprendí que “Somos un Pueblo Cristiano”, “Somos un Pueblo de Santidad” y “Somos un Pueblo Misional”. Estas definiciones de la Iglesia del Nazareno me confrontaron con una cierta actitud que había adquirido, actitud negativa principalmente a misiones. Como muchos sientes, Misiones sólo trata de dinero. ¡Qué equivocado estaba! Pero a través de los años he descubierto que es la actitud de incontables nazarenos. Regresemos a la definición de lo que somos: “Somos un Pueblo Misional”.


Entre más aprendo de estas definiciones, más me doy cuenta que necesitamos ser transformados. Y la transformación nace en el mismo fundamento de nuestra fe: la Trinidad. Porque si alguien es misionero, ese es nuestro Padre Celestial. Él vio la enorme necesidad del mundo y se compadeció de nosotros. Nosotros le amamos porque Él nos amó primero. Y envió a su Hijo al mundo (Juan 3:16). No podemos olvidarnos que la misión inicia con el Padre Celestial. Y todos somos impactados por ese Padre.


Y la transformación nace en el mismo fundamento de nuestra fe: la Trinidad.

El Hijo es el misionero por excelencia. Vino del seno del Padre y gastó toda su vida entre nosotros con el propósito de salvarnos. “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Es imposible ver a Jesucristo, nuestro Señor, y no verlo como el Buen Pastor que da su vida por los perdidos. Es imposible seguirle en nuestro discipulado y no terminar haciendo lo mismo que Él hizo.


Y el Espíritu Santo está directamente relacionado con la misión. El Libro de los Hechos de los Apóstoles está totalmente dedicado a mostrarnos qué sucede cuando el Espíritu es derramado en la iglesia, o en el corazón humano. Su amor nos consume por los perdidos. Su amor nos impulsa para alcanzar a otros.


"Somos un ‘pueblo enviado’ que responde al llamado de Cristo y es capacitado por el Espíritu Santo para ir al mundo, a testificar del señorío de Cristo y participar con Dios en edificación de la iglesia y la extensión de su reino"

Cuando pensamos sobre la Trinidad, no podemos errar en ver su amor que se derrama para los perdidos, que somos nosotros. Y no descansará sino hasta que haya logrado su propósito. Y no descansará tampoco en convencernos que también nosotros hemos sido comisionados. En las definiciones de nuestra amada Iglesia encontramos la expresión: “Somos un ‘pueblo enviado’ que responde al llamado de Cristo y es capacitado por el Espíritu Santo para ir al mundo, a testificar del señorío de Cristo y participar con Dios en edificación de la iglesia y la extensión de su reino” (2 Corintios 6:1). Eso significa que necesitamos volver a convertirnos o ser transformados.




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