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  • Fredi Arreola

La Trinidad y la Adoración | Contemplando la Trinidad


El año pasado el Doctor Thomas Noble invitó a unas 20 personas para que leyeran y comentaran lo que será una nueva teología para la Iglesia del Nazareno. Entre esos invitados aparecí también. Apenas concluyó el primer volumen. Lo que me llamó la atención fue su decisión de tomar como modelo 2 Corintios 13:14, a diferencia de Mateo 28:16-20. En ambos textos aparece la Trinidad. Pero su decisión me pareció muy acertada. El Dr. Noble defiende el hecho de iniciar no con la doctrina del Padre, sino con la del Hijo. Uno de sus argumentos es que cuando iniciamos con el Padre retenemos la doctrina del Hijo hasta el tiempo que nos toque hablar de Jesucristo. El problema es que no sabemos nada del Padre sino lo que el Hijo nos revela (considere Mateo 11:27: “...nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”).

El misterio de la Encarnación lo cuenta tiernamente Lucas (Lucas 1:26, 30, 34, 45). Sobre este pasaje, H. O. Wiley hace la siguiente observación: “El misterio de la encarnación hizo posible la revelación del Espíritu Santo como la tercera persona de la Trinidad. Hasta el anuncio, el Espíritu Santo jamás se había revelado como un agente personal distinto. Jamás se le había mencionado antes por su nombre propio. Antes de ese acontecimiento se le había mencionado siempre en conexión con las otras personas divinas. El Salmo penitencial dice, ‘no quites de mí tu santo espíritu’ (Salmos 51:11); y en Isaías se añade: ‘Mas ellos fueron rebeldes e hicieron enojar su santo espíritu’ (Isaías 63:10). Por lo mismo, el término se utiliza relativamente y no en sentido absoluto. La plena revelación de su personalidad y perfecciones no se dio a conocer hasta el tiempo de su inauguración. Sólo cuando Cristo había sido glorificado plenamente a la diestra del Padre pudo el Espíritu Santo venir en la plenitud de su gloria pentecostal. (Wiley, II, 289).


El problema es que no sabemos nada del Padre sino lo que el Hijo nos revela.

Aunque nuestra congregación no acostumbra, como debiera, recitar su credo, sí confesamos que creemos en un Dios “trino en su ser esencial, revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Sin embargo, el misterio del Dios trino parece ser existencialmente irrelevante a la vida cristiana excepto en la adoración. En otras palabras, lo creemos y lo confesamos, pero al final de cuentas queda sólo en el papel. Esta deficiencia es desastrosa en la vida y en la adoración. El contexto vital de la doctrina es la adoración. Aquí iniciamos y lo llevamos a la vida cotidiana.


En otras palabras, lo creemos y lo confesamos, pero al final de cuentas queda sólo en el papel. Esta deficiencia es desastrosa en la vida y en la adoración. El contexto vital de la doctrina es la adoración. Aquí iniciamos y lo llevamos a la vida cotidiana.

Mañana, mientras nos preparamos para adorar al Dios trino, piensa en las palabras del apóstol Pablo: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén” (2 Corintios 13:14). Gracia, amor y comunión. Cada una de ellas manifestadas en una profunda armonía mientras el pueblo adora al único Dios verdadero. Cada palabra entendida, experimentada, vivida y compartida como lo hizo el Dios trino con nosotros debe transformar profundamente nuestras vidas cotidianas. Cada palabra cantada y confesada debe llevarnos a vivir una vida llena de gracia, llena de amor y una vida de comunión profunda. Amén.




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