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La enseñanza de las epistolas paulinas I

(1 Tesalonisenses 1:5, 1 Tesalonisenses 4:2-8.)


Día 15. Ore por su compañero de vida Ore para que Dios le ayude a entender el rol que desempeña en el matrimonio. Si soy el esposo, Dios me eligió para cuidar y proteger a mi esposa y si soy la esposa Dios me puso para obedecer en el Señor a mi marido. Esto lo sabe y lo ha leído en la Biblia. Es momento que le pida al Señor que le ayude a ponerlo en práctica cada día. Lea Eclesiastés 9:9 y 1 Pedro 3:7

En muchas ocasiones nos encontramos con una definición de pecado, como si se tratase solamente de un error que cometemos aquí y allá, que no es lo suficientemente terrible como para no considerarse como algo que debamos luchar con todas nuestras fuerzas para erradicar. Creo que mantener una visión así acerca del pecado no es una mera cosa de niños, sino todo lo contrario se trata de un asunto de real importancia y que necesitamos considerar plenamente.



Alguna de las expresiones más repetidas que se ocupan sobre este asunto son las siguientes: ‘no somos quiénes para juzgar al hermano que peca’, ‘todos pecamos de diferente forma’, una muy repetida, ‘debemos amar a nuestro hermano antes de preocuparnos de su pecado’. Estas frases revelan cómo definimos el pecado y lo que significa para nosotros amar.

Cuando revisamos las cartas paulinas, nos encontramos con un pastor que está luchando con todas sus fuerzas para que la iglesia vaya más allá del pecado. Un pastor que desarrolla su teología mientras ejerce su trabajo pastoral y que desea que la iglesia viva una experiencia plena en Cristo. Lo vemos escribiendo a los convertidos en Tesalónica que tienen que enfrentar diariamente el paganismo para mantener la pureza de vida. Y este Pastor se esfuerza en decirles que han recibido al Espíritu Santo, y que gracias a la presencia de este Espíritu, pueden reconocer que no han sido llamados a la impureza, sino a la santidad, porque la voluntad de Dios es que sean santificados. El llamado cristiano se mueve en una esfera de santidad progresiva, y el Don Divino que se vierte continuamente en los corazones de los creyentes hace que cualquier acto de impureza por parte del cristiano sea un desprecio de Dios, cuya presencia dentro de él por el Espíritu Santo es una constante.

El pecado nunca es un juego o un chiste, siempre que el pecado aparece en escena hay una persona que sufre, una familia que es dañada, una iglesia que amputada de una extremidad, una comunidad que pierde su esperanza en Jesús y ese dolor, esa experiencia terrible de ver a otros experimentar en carne viva las consecuencias del quebrantamiento del pecado, es lo que hace a un pensar que el pecado nunca es una vialidad segura para andar.

Por último cuando pensamos en la gracia, en muchas ocasiones la vemos como la oportunidad que Dios nos da para pecar y después ser perdonados, como un gracia que solo sirve para esos ‘‘pequeños errores’’ que hacemos día a día. Pero cuando vemos la gracia en la presencia del Espíritu Santo, es una gracia que nos capacita para dejar de pecar, que nos prepara para luchar contra la tendencia de volvernos seres humanos que hemos perdido la capacidad de indignarnos con la miseria que produce el pecado y que define amar como: ‘ayudar a quitar el peso que el pecado a puesto en mi hermano’ (Gal. 6:2).

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