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La Concepción y Vida Temprana de Jesús I

(Lucas 1:28-36, 41, 46; 2:25-27, 36, 38, 40, 41-52; Mateo 1:18, 20, 21)


Jesús “será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin"


El tercer Evangelio pinta un paralelo y un contraste entre el nacimiento del Bautista y el de Cristo. Ambos se anuncian, en cada uno está Gabriel y el lenguaje se parece mucho. Pero, aunque se anuncia la grandeza de ambos, de inmediato aparece una diferencia amplia. Juan será un nazareo, un gran profeta y predicador del arrepentimiento; Jesús “será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:32-33). Y la respuesta dada a María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (1:35). Juan está lleno del Espíritu; Jesús es concebido por el Espíritu.

El milagro de la concepción incluye la expresión “vendrá sobre ti”, que en el Antiguo Testamento se habla del descenso del torbellino, para una brisa que refresca después de una largo tiempo de calor. Las palabras de Gabriel son perfectas: “porque nada hay imposible para Dios” (1:37). Nótese que de Isaac dice Pablo “al que había nacido según el Espíritu” (Gálatas 4:29). Noten Hebreos 11:11: “Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido” (11:11). Tanto en María como en Sara, la fortaleza moral fue impartida primero, como la condición sobre la cual el poder físico siguió; por fe María, no menos que Sara, recibió poder.

Una vasta diferencia distingue la Concepción de nuestro Señor de todas las otras concepciones. No sólo implica un poder moral y espiritual en la madre, pero le dio un carácter sin paralelos al niño. El Espíritu Santo santificó la carne por la que vino. Se dice que sería conocido como Santo, incluso como el Hijo de Dios. Nuestro Señor es único en la historia humana. Las palabras del ángel basan la santidad y filiación divina del hijo de María no en su preexistencia sino en su concepción por el Espíritu Divino. El resultado de esta divina intervención se verá en la vida humana de nuestro Señor, en el hecho de no pecar, de su entera consagración, su sentido de la paternidad de Dios, desde que se da cuenta de quién es, hasta su último aliento.


Cuando leemos los otros textos del Nuevo Testamento, Mateo, aunque diferente a Lucas, nos confirma y nos lleva más allá todavía: “porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (1:20-21). Aunque con enfoque diferente, ambos afirman la concepción del Espíritu Santo. Con ello se confirma que el Espíritu se presenta como el que preside el inicio de la nueva creación. Como en el Génesis, de igual manera aquí. En el nuevo mundo, en el Hombre Nuevo, como de antiguo, la vida inicia con el Aliento de Dios. Oremos que continúe ese Aliento entre nosotros.

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