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  • Fredi Arreola

El Derramamiento Pentecostal del Espíritu II

Hechos 1:2, 5, 8, 16 (cf. 4:25); 2:1 (cf. 11:15), 15ss., 33, 38



Día 2: Ore por ser formado en el servicio de Dios. Usted es una obra de arte hecha a mano de Dios, no ha sido fabricado de una línea de producción, ni ensamblado, ni producido en cantidades industriales, es un diseño a la medida, en una pieza original. DIOS le hizo y le formo único. Lea 1 Corintios 12


La espera había concluido, era el Día del Pentecostés. Los 120 oraban en la mañana. Eso deducimos del sermón de Pedro, “puesto que es la hora tercera del día” (9 de la mañana). La gran conmoción que ocasiona la llegada del Espíritu primero es con el ruido del viento; pero el Espíritu “no estaba en el viento” (1 Reyes 19:11). Luego, es con el fuego. Lenguas de fuego repartidas sobre todos. La distribución del fuego sagrado evidentemente apunta a la verdad que el Paracleto ha venido para morar no sólo con la sociedad en su totalidad, no sólo con los oficiales de la sociedad, sino con todos sus miembros. ¡Gloria a Dios! ¡También tú y yo estamos incluidos!

El don de lenguas quizá sea uno de los fenómenos más difíciles de interpretar en el Nuevo Testamento. A menos que abandonemos el significado natural de las palabras, no podremos escapar la conclusión que el don está satisfaciendo las necesidades de una multitud políglota. Lucas no nos dice que los tres mil, por ejemplo, que fueron bautizados ese día recibieron el don del Espíritu inmediatamente, o que hablaron en lenguas como el grupo original de los creyentes lo había hecho cuando el Espíritu vino sobre ellos.

El derramamiento Pentecostal del Espíritu Santo fue mucho más que una demostración milagrosa del poder espiritual, teniendo como intención atraer la atención e invitar a la búsqueda de la nueva fe. Fue el inicio de una nueva era: un advenimiento del Espíritu, como la Encarnación había sido el advenimiento del Hijo. No que el Hijo o el Espíritu habían estado ausentes del mundo antes de sus advenimientos. Cada venida fue una manifestación y el principio de una nueva misión. Dios envió a su Hijo, y cuando la misión del Hijo había sido cumplida, Dios envió al Espíritu de su Hijo para seguir la obra bajo nuevas condiciones. El Pentecostés inauguró esta segunda Misión Divina.

Este nuevo Don viene de las manos del Cristo exaltado; él lo ha derramado, y el acto invisible que había sido proclamado, ahora es recibido con actos visibles y audibles. Pero aún va más allá. El gran apóstol proclama: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:38-39). Las únicas condiciones que Pedro presenta son el arrepentimiento y el bautismo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Una nueva era ha llegado. La manera cómo concluye Lucas este capítulo revelan incluso más de lo que Pentecostés revelaba: “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:46-47). Amén.

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